Lo de estos días en Jaén capital tiene bastante miga. No porque haya ocurrido algo extraño en el deporte, donde los conflictos son habituales, sino porque esta vez el problema no estaba en la pista, sino en la coordinación y el sentido común entre instituciones deportivas.
Dos equipos de la misma ciudad. Dos proyectos que funcionan. Dos aficiones que responden. Y, aun así, durante varios días, la sensación ha sido la de competir… pero entre nosotros mismos y nuestros propios deportes. Menos mal que el resto de disciplinas no dependen exclusivamente del Olivo Arena y cuentan con espacios como La Salobreja, Las Fuentezuelas o el pabellón de La Victoria.
El Jaén Paraíso Interior FS y el Jaén Club de Baloncesto se han visto, una vez más, condicionados por algo tan básico como encajar sus partidos en el Olivo Arena. Así de simple y, a la vez, así de complejo. Simple para buena parte de la afición, que percibe la solución como evidente.
Uno con sus horarios ya fijados (el fútbol sala) y otro obligado a adaptarse al calendario general (el baloncesto). Ningún equipo improvisa ni compite con ventaja. Pero el resultado es el mismo: o se cede o alguien sale perjudicado. Y eso es lo que genera malestar.
Durante unos días incluso se planteó la posibilidad de que algún equipo tuviera que disputar sus partidos fuera de la provincia o del propio pabellón para jugar “como local”. Una situación difícil de entender: salir de tu ciudad porque dentro no hay encaje suficiente para todo lo que el deporte ha construido.
Finalmente, la situación se ha reconducido como suele ocurrir en estos casos: mediante el diálogo, la organización y la cesión mutua. Problema resuelto… o al menos, aparcado.
Sin embargo, la sensación que queda es distinta. Es la percepción de que el deporte en Jaén crece más rápido que la capacidad de gestión de sus espacios. O quizá que existen desequilibrios históricos entre distintos proyectos deportivos, algo que no es nuevo y que ya viene de atrás.
El Olivo Arena es un orgullo, sí, pero también es un espacio único. Y cuando todo coincide, no hay margen para duplicidades: no se pueden disputar dos eventos simultáneamente. No se trata de señalar a nadie, porque la situación se ha generado de forma estructural.
Se trata de asumir una realidad evidente: la ciudad tiene más actividad deportiva de la que puede encajar con comodidad en un solo recinto. Y eso, bien interpretado, no es un problema negativo.
Lo preocupante sería lo contrario: un pabellón vacío, sin actividad ni debate porque no hay nada que organizar. Pero ese no es el escenario. Aquí lo que existe es crecimiento, afición y vida deportiva.
Quizá la lectura deba ir por ahí, incluyendo al Real Jaén y al resto de clubes y deportistas de la provincia: el deporte local está en expansión.
Jaén ya no es una ciudad con un único foco deportivo. Es un ecosistema más amplio, que crece y se diversifica. Y si no se coordina adecuadamente, puede generar fricciones internas. El reto no está en los equipos, sino en la planificación.
Al final, el rival no era otro club. El verdadero desafío era la organización de los horarios y la capacidad de consenso. Y frente a eso, solo hay dos caminos: mejorar la gestión o repetir el problema en el futuro. En este caso, el acuerdo ha sido posible gracias al diálogo entre instituciones.
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